Reencuentro con Lolita Desangelada

Abril 16, 2008 at 12:25 am (Ficción-no-ficción, Madrugada, Relatos)

Aquella tarde hacía calor. No era, ni mucho menos, la misma sensación de bochorno asfixiante que me acompañaba en aquellos días en que nos conocimos, pero se notaba que el termómetro se sentía optimista y apuntaba con descaro y grandes aspiraciones hacia lo más alto.
La tengo asociada al calor. Irremediablemente. Por muchas razones, Lolita Desangelada es sinónimo de verano. De verano tórrido, irrespirable. No cálido sino hirviente.
La calle, aquella tarde de finales de marzo, estaba desierta. Yo iba, como siempre, absorto en mis indecisiones, y ella penetró en mi campo visual por la derecha, saludándome con su habitual (bien conocida por mí) timidez nada inocente.
Lolita Desangelada siempre tuvo dos únicas formas de mirar: los ojos bien abiertos, brillantes en su azul impuro, anhelantes y avariciosos, esos ojos que precedían a un beso seguido de algún susurro de contenido erótico que rozaba lo soez; y aquella mirada esquiva, que duraba apenas un segundo, cuando sus pupilas eran sustituidas en el espacio por un rápido giro de cabeza y cuello, un movimiento brusco de su melena y una rara tensión en los brazos, extendidos hacia abajo, los puños apretados suavemente y el exterior del antebrazo vuelto hacia fuera.
Esa tarde, la eterna adolescente, la que es rebelde sin otra causa que su propia huida en busca de nada, me miró de la segunda forma que he descrito. Es decir: no me miró.
Después de tanto tiempo sin oírla, me extrañó que su voz siguiera siendo algo ronca. Supe lo de sus nódulos en la garganta desde el primer día en que la conocí, pero aun así me resultó chocante que siguiera hablando como si se acabara de levantar de la cama después de haber pasado la noche gritando y cantando en alguna fiesta.
-¿Cómo estás? –dijo.
-Bien. Voy tirando. –Le espeté sin rodeos: aún estoy esperando que me llames.
-No he tenido tiempo. Estoy muy liada con los estudios…
-Sí, ya. Descuida. No hay prisa.
Entonces, sin previo aviso, cambió de mirada y articuló una tercera que yo nunca había visto: sus ojos azules de niña ansiosa se dirigieron al vacío, sus labios quedaron ligera, casi imperceptiblemente entreabiertos, los brazos le cayeron a lo largo del cuerpo, relajados, y adoptó un andar vacilante pero a la vez decidido. Se adaptó a mi paso y ambos emprendimos un tenso paseo de poco más de un minuto hasta donde la calle se bifurcaba: yo seguiría recto y ella hacia la izquierda.
Por primera vez desde que la conozco la sentí desarmada, indefensa, avergonzada, tambaleándose en un espacio infinito que no controlaba. La pude mirar de arriba abajo sin temer daño alguno. Una rápida ojeada, tal vez de desprecio, o tal vez de pena (no sé si por ella, por mí mismo o por ambos), o tal vez, incluso, de compasión hacia su precariedad sentimental y su poca habilidad para mantenerse a flote por sí misma.
Nos despedimos. De nuevo me volvió a mirar con su particular forma de no mirar.
Lo último que vi de ella fue su vientre incipiente debajo de la fina camiseta blanca. Tanto deporte y tanto fornicar no habían podido evitar que le saliera tripa.
Sentí una extraña sensación de satisfacción. La implacable espada de Damocles de su metabolismo la había castigado en lo que yo quise reinventar, jugando a ser un sádico creador de historias breves y dolorosas, como una venganza de la biología por haberme arrancado de cuajo la parte de mí que asociaba sus besos al amor.

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