El amor según Rossellini

Abril 25, 2008 at 1:28 am (Cine, Reflexión)

¿Qué es el amor?

¿Acaso lo que yo he sentido hasta ahora (o he creído sentir) merece siquiera aspirar a recibir tal denominación?

¿Con qué derecho nos atrevemos a calificar como amor, con tanta ligereza y frivolidad, lo primero que se nos pasa por el corazón?

Roberto Rossellini me ha enseñado, esta noche, la primera y única lección acerca de este sentimiento, que se me antoja indefinible de otra manera que no sea la mera expresión del mismo, cruda, descarnada, hiriente (casi lacerante) en los ojos, la voz, los gestos y las lágrimas de quien lo experimenta.

Sublime descenso a los infiernos de un amor que se acaba en la interpretación de Anna Magnani. La voce umana, una de las dos historias que componen la película L`amore, dirigida por Roberto Rossellini.

Aún siento escalofríos…

[Keiko, hermana, sé que sabrás apreciar y comprender mejor que nadie esta obra; por eso te dedico este post especialmente a ti.]

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Antropocentrismo (tan necesario en momentos de desconcierto)

Abril 19, 2008 at 2:12 pm (Cine, Ficción-no-ficción, Reflexión)

- “Yet all the suns that light the corridors of the universe shine dim before the blazing
of a single thought, proclaiming an incandescent glory: The myriad mind of Man.”

- Quite poetic, gentlemen. Let me know when we pass the soul.

- The soul? The finite mind cannot comprehend infinity, and the soul which comes from God is infinite.

- Yes, but our time isn’t.

Extracto del guión de la película Fantastic voyage

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Invierno nuclear

Abril 19, 2008 at 11:25 am (Cine, Ficción-no-ficción, Reflexión)

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Despertar en el cénit de la tristeza

Abril 19, 2008 at 10:49 am (Fotografía, Reflexión)

Esta mañana me he despertado con resaca.
Una resaca de sueños rotos, de amores que nunca fueron, no pudieron o no quisieron ser.
Una resaca de larga conversación con mamá, tras la cual quedó hecho añicos el cristal con el que estaba labrando mi futuro más próximo.
Una resaca pegajosa, de esas que duran todo el día, secuela de un ayer dedicado a recopilar mis pequeños y grandes fracasos, mis culpas, mis errores y mi egoísmo.
Tengo ganas de volver a la cama…

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    Último poema

    Abril 18, 2008 at 1:04 pm (Poemas, a la Luna)

    (a la Luna)

    ¿Dónde vas tan deprisa, Luna?

    ¿No ves, incauta, que te pierdes los mensajes

    Que la vida te ofrece entre líneas?

    ¿A qué buscar la perfección,

    Si tanta luz ciega, abrasa mi autoestima

    Y enciende mi miedo a ser tan pequeño

    Que acabe por escurrirme entre los dedos de tu exigencia?

    Naciste siendo mar, y ahora desprecias mis infantiles,

    Indecisas ondulaciones de río.

    Te ordenas a ti misma tocar el sol,

    Y vuelas tan rápido hacia él que, en tu desenfreno,

    Olvidas deleitarte con las hermosas nubes

    Que dejas a tu paso, y arrasas con el éter de la infancia

    Que no quisiste tener, cortando el viento

    De la vida que te esperaba en el camino.

    Te vas, Luna. Quise aferrarte las manos,

    Quise que frenaras, que te detuvieras un instante

    A contemplar el suave paisaje de las pequeñas cosas,

    Pero prefieres seguir en esta carrera contra ti misma,

    En pos de aquello que aún no te corresponde,

    Pero que te empeñas, igualmente, en alcanzar,

    Porque deseas crecer deprisa para no enfrentarte

    A las contradicciones del ser humano que eres.

    Pero tú no quieres, por temor, formar parte de esta especie maldita,

    Y reniegas de ella y huyes sin mirar atrás, no sea que acabes

    Convertida en una estatua, labrada con la sal de las oscuras esencias

    Que en todos nosotros abundan, y que nos convierten en torpes

    Amasijos de paradojas, sueños y desesperación,

    Errores y triunfos, mezquindades, culpas y excelsas acciones.

    No sentir. No llorar. No equivocarte… No esperar.

    Es ésta la fórmula que empleas cuando te disfrazas de alquimista,

    Y te desvives por convertir tu existencia en podrido oro

    Embebido en la caricia inerte del éxito traidor,

    Que engatusa con su hechizo a tu inseguridad.

    Quise ayudarte, anhelé asfixiar tu instinto autodestructivo,

    Pero a última hora lo salvaste de mi abrazo asesino.

    Mis garras pretendieron ser tenazas. pero no fueron,

    A tus ojos, mas que unos débiles brazos de niño

    Inexperto en la construcción de muros de piedra.

    Te quiero, Luna. Bien lo sabes por mis poemas,

    Por mi carta que no sé si leíste, por mis silencios

    Que se ahogan en sí mismos cuando quieren decirte algo.

    Te quiero, pero no habré de seguirte en tu descenso al vacío,

    Pues más estimo mi propia vida, que aún ha de darme

    Tantas cosas que sigo esperando con esa ilusión

    De la que tú huyes para que no te haga daño.

    De todos modos, tú ya decidiste, hace mucho,

    Que yo no era digno de tal sacrificio, y me desterraste,

    Con tus silencios y tus apremios para que terminase de hablar,

    Del mundo marmóreo con destellos de granito

    Que creaste para ti, en ti y a tu alrededor.

    No intuyas dolor, rencor, desánimo ni frustración

    En estos, mis últimos versos a ti.

    Lo que hay es, solamente, tristeza,

    Pena por no haber sabido encajar en ti,

    Por no haber tenido la oportunidad de descubrir

    Esa parte tuya que tanto evitas y que es, a buen seguro,

    La más hermosa de todas las que te componen.

    No te conozco y no me has conocido:

    Demasiado rápida tú, y yo angustiado

    En mi complejo de inferioridad

    Por no ser el perfecto (no)humano que necesitas.

    No sé ayudarte, no sé interpretar tus llamadas de socorro

    (¿Existen?),

    No te sirvo ni logro ubicarme en un universo, el tuyo,

    Que no alcancé a comprender ni tuve fuerzas para descubrir.

    Aun así, conseguiste algo sublime:

    Mientras apenas te rocé,

    Mientras luché contigo y conmigo para entenderte,

    Mientras busqué en mí y me perdí, desorientado, en ti,

    Mientras callaba por no agotarte o escribía para curar tu ausencia,

    Mientras te reinventaba infinitas veces en prosa y en verso,

    Mientras me desarmabas con tu perfección fría,

    Mientras oía con deleite tus suaves canciones

    (Cada vez menos frecuentes hasta que dejaron de existir),

    Mientras me hacías sentir afortunado por enseñarme tu pájaro azul,

    Estuve (lo sé) vivo.

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    Sleeping sun

    Abril 16, 2008 at 12:22 pm (Correspondencias, Música)

    The sun is sleeping quietly

    Once upon a century

    Wistful oceans calm and red

    Ardent caresses laid to rest

    For my dreams I hold my life

    For wishes I behold my night

    The truth at the end of time

    Losing faith makes a crime

    I wish for this night-time

    to last for a lifetime

    The darkness around me

    Shores of a solar sea

    Oh how I wish to go down with the sun

    Sleeping

    Weeping

    With you

    Sorrow has a human heart

    From my god it will depart

    I’d sail before a thousand moons

    Never finding where to go

    Two hundred twenty-two days of light

    Will be desired by a night

    A moment for the poet’s play

    Until there’s nothing left to say

    I wish for this night-time…

    I wish for this night-time…

    Nightwish

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    Reencuentro con Lolita Desangelada

    Abril 16, 2008 at 12:25 am (Ficción-no-ficción, Madrugada, Relatos)

    Aquella tarde hacía calor. No era, ni mucho menos, la misma sensación de bochorno asfixiante que me acompañaba en aquellos días en que nos conocimos, pero se notaba que el termómetro se sentía optimista y apuntaba con descaro y grandes aspiraciones hacia lo más alto.
    La tengo asociada al calor. Irremediablemente. Por muchas razones, Lolita Desangelada es sinónimo de verano. De verano tórrido, irrespirable. No cálido sino hirviente.
    La calle, aquella tarde de finales de marzo, estaba desierta. Yo iba, como siempre, absorto en mis indecisiones, y ella penetró en mi campo visual por la derecha, saludándome con su habitual (bien conocida por mí) timidez nada inocente.
    Lolita Desangelada siempre tuvo dos únicas formas de mirar: los ojos bien abiertos, brillantes en su azul impuro, anhelantes y avariciosos, esos ojos que precedían a un beso seguido de algún susurro de contenido erótico que rozaba lo soez; y aquella mirada esquiva, que duraba apenas un segundo, cuando sus pupilas eran sustituidas en el espacio por un rápido giro de cabeza y cuello, un movimiento brusco de su melena y una rara tensión en los brazos, extendidos hacia abajo, los puños apretados suavemente y el exterior del antebrazo vuelto hacia fuera.
    Esa tarde, la eterna adolescente, la que es rebelde sin otra causa que su propia huida en busca de nada, me miró de la segunda forma que he descrito. Es decir: no me miró.
    Después de tanto tiempo sin oírla, me extrañó que su voz siguiera siendo algo ronca. Supe lo de sus nódulos en la garganta desde el primer día en que la conocí, pero aun así me resultó chocante que siguiera hablando como si se acabara de levantar de la cama después de haber pasado la noche gritando y cantando en alguna fiesta.
    -¿Cómo estás? –dijo.
    -Bien. Voy tirando. –Le espeté sin rodeos: aún estoy esperando que me llames.
    -No he tenido tiempo. Estoy muy liada con los estudios…
    -Sí, ya. Descuida. No hay prisa.
    Entonces, sin previo aviso, cambió de mirada y articuló una tercera que yo nunca había visto: sus ojos azules de niña ansiosa se dirigieron al vacío, sus labios quedaron ligera, casi imperceptiblemente entreabiertos, los brazos le cayeron a lo largo del cuerpo, relajados, y adoptó un andar vacilante pero a la vez decidido. Se adaptó a mi paso y ambos emprendimos un tenso paseo de poco más de un minuto hasta donde la calle se bifurcaba: yo seguiría recto y ella hacia la izquierda.
    Por primera vez desde que la conozco la sentí desarmada, indefensa, avergonzada, tambaleándose en un espacio infinito que no controlaba. La pude mirar de arriba abajo sin temer daño alguno. Una rápida ojeada, tal vez de desprecio, o tal vez de pena (no sé si por ella, por mí mismo o por ambos), o tal vez, incluso, de compasión hacia su precariedad sentimental y su poca habilidad para mantenerse a flote por sí misma.
    Nos despedimos. De nuevo me volvió a mirar con su particular forma de no mirar.
    Lo último que vi de ella fue su vientre incipiente debajo de la fina camiseta blanca. Tanto deporte y tanto fornicar no habían podido evitar que le saliera tripa.
    Sentí una extraña sensación de satisfacción. La implacable espada de Damocles de su metabolismo la había castigado en lo que yo quise reinventar, jugando a ser un sádico creador de historias breves y dolorosas, como una venganza de la biología por haberme arrancado de cuajo la parte de mí que asociaba sus besos al amor.

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    Muerte por inanición

    Abril 15, 2008 at 11:33 am (Correspondencias, Fotografía, Poemas, Reflexión)

    (experimento desencantado de escritura automática en verso)

    Llueve sobre mojado, y vuelve a llover

    Sobre lo que ya se cubrió de agua y barro tiempo ha.

    Un cielo de roca lunar cubre la esperanza.

    Hay un viejo cinematógrafo

    Que vuelve a quemar el rollo del película.

    Ejércitos de cipreses se derrumban

    En una larga agonía que dura mil años.

    Hay sangre sobre la piel de la ilusión infantil,

    Y el libro de tapas doradas se cierra de golpe, una vez más,

    Produciendo un silencioso ruido de cristales rotos.

    Atardece.

    La noche será larga y fría, y su manto caerá

    Extendido con dulzura por aquella a quien llaman Indiferencia.

    Tengo sueño en los párpados y desaliento en los pulmones,

    Ganas de llorar en los brazos, angustia en los dedos,

    Las muñecas laxas y los labios torcidos en una mueca

    De ángeles con las alas empapadas.

    Miríadas de niñas que perdieron la inocencia

    Caen al agua. Todas se ahogan, no se salva ninguna.

    El espejo que yo mismo creé me devuelve, ahora,

    Una imagen de mí tan real que duele su sola existencia.

    Atisbo en el horizonte que rodea mi interior

    Una cohorte infinita de vírgenes temerarias

    Que pasarán por mi lado sin rozarme,

    En una loca, aterradora carrera en pos de un campo de batalla

    En el que librarán una guerra contra sí mismas.

    Veo con los ojos del miedo manos que me vuelven la espalda,

    Que recelan de dar la cara ante mis exabruptos amorosos,

    Y presiento, con un dolor punzante de sarcasmo hiriente,

    Que el epílogo está próximo a concluirse.

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    Me quedo sin trabajo

    Abril 14, 2008 at 11:19 pm (Fotografía, Reflexión)

    Hoy me han dado la noticia: no me renovarán el contrato de trabajo.
    Ha sido llegar de mis vacaciones en Salamanca y Madrid, y encontrarme con el papelito que me avisa de que “la relación laboral” que me ata al organismo en el que he trabajado durante un año “quedará suspendida a todos los efectos” a partir del próximo día 2 de mayo.
    No es que sintiera un gran apego por mi empleo. Es más, iba todas las mañanas con desgana. Y hasta con mal humor. Pero eso sí: echaré de menos mi sueldo que, aunque modesto, me proporcionaba un mínimo de seguridad en esta etapa tan inestable de mi vida.
    Y, sin embargo…, algo dentro de mí se siente decepcionado, con un sentimiento ligeramente parecido al de la tristeza, pero sin tanta carga de profundidad. Es como si en el fondo me doliera que no me renueven, cuando sé perfectamente que es lo más conveniente para mí por muchas razones, y cuando, además, no sentía vínculo alguno por ese empleo en el que soy absolutamente prescindible y, si me apuran, hasta innecesario.
    Qué raro… Ni siquiera escribiendo sobre lo que siento soy capaz de ponerle un nombre a esta contradicción que no es, desde luego, nada parecido a la satisfacción que esperaba alcanzar cuando me viera liberado –como así ha ocurrido- de un lastre como el que me han quitado de encima hoy con ese documento que acredita mi estatus oficial de parado.

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    El cine y los niños: una relación posible

    Abril 14, 2008 at 11:50 am (Cine, Mi revista de prensa, Reflexión)

    Reproduczo aquí, en su versión íntegra, un pequeño artículo con visos de ensayo, publicado en el diario El País de hoy, que se hace eco de una propuesta del cineasta francés François Truffaut para que los niños estudien cine en la escuela, con el fin de despertarles cualidades tan necesarias como la intuición, la sensibilidad, la apertura de mente hacia el arte… Simplemente delicioso.

    Truffaut enseña cine en el ‘cole’

    Un texto expone las virtudes de impartir el séptimo arte en las aulas

    JAVIER OCAÑA – Madrid – 14/04/2008

    ¿Existe una pedagogía de las artes? ¿En qué se diferencia la enseñanza artística de la educación artística? ¿Se puede enseñar el arte o simplemente se encuentra, se transmite, se experimenta? ¿Cómo exponer a los niños un encuentro con el cine? A finales de 2001, el entonces ministro de Educación Nacional del Gobierno socialista francés, Jack Lang, encargó a Alain Bergala, cineasta, ex redactor jefe de la prestigiosa revista especializada Cahiers du Cinéma y profesor de Cine en la Universidad de París, la elaboración de un proyecto para introducir el séptimo arte en la escuela. La hipótesis del cine: pequeño tratado sobre la transmisión del cine en la escuela y fuera de ella, publicado en España por la editorial Laertes, da cuenta del trabajo de Bergala e intenta responder a esas cuestiones.

    Lejos de la extendida teoría bautizada como “De Pokémon a Dreyer”, según la cual habría que partir de lo que a los niños les gusta de manera espontánea para conducirlos poco a poco hacia películas más difíciles, Bergala aboga por la “formación del gusto” a través de un proceso que incluiría los siguientes elementos: organizar la posibilidad del encuentro con las películas, entre ellas los 400 golpes de François Truffaut y Los contrabandistas de Moonfleet, de Fritz Lang; señalar, iniciar, convertirse en pasador; aprender a frecuentar las películas, y finalmente tejer lazos entre ellas.

    Con todo ello, el propósito de esta pedagogía de las artes no sólo residiría en reducir las desigualdades, sino también en desarrollar el espíritu crítico y revelar en los chavales cualidades como la intuición y la sensibilidad. Aunque Bergala parte de una base tan lógica como habitualmente olvidada: que se puede discutir sobre el arte y se puede debatir sobre las opiniones, pero de ningún modo se puede discutir sobre los gustos. Estas sensibilidades dependen demasiado de la singularidad de cada uno, de su ser más íntimo, como para llegar a ser negociables. Y más si se tiene en cuenta que cuando hablamos de un medio tan extendido y de fácil acceso como el cine, los niños no han tenido que esperar a que se les enseñe a leer y analizar las películas para colocarse a sí mismos en la posición de espectadores, y sentirse perfectamente competentes, incluso antes de cualquier aprendizaje.

    En La gaya ciencia, Nietzsche hablaba de la necesidad de la “extrañeza” ante la verdadera obra de arte, la que no es identificable de inmediato, la que pide un esfuerzo para revelarse lentamente. Y ahí se apoyan las teorías del antiguo redactor jefe de Cahiers du Cinéma, en el rechazo de las películas biempensantes, absolutamente seguras de sus tesis; en la desconfianza ante el criterio de “lo que funciona” en los colegios; en la huida de las mercancías culturales de rápido consumo, rápida caducidad y obligatoriedad social. Así, el objetivo último de su aproximación al cine como arte sería que el espectador experimentara la emoción, no ya con la historia en sí, sino con la creación misma.

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